miércoles, 22 de febrero de 2017

Recuerdo de los Años '30. Las cocinas.



¿Y cómo eran las cocinas? No existían -ni nadie imaginaba que alguna vez existieran-  las cocinas a gas   hoy entre nosotros de uso generalizado; tampoco las eléctricas o las a kerosén. Entonces ¿cómo, con qué se cocinaba? Con leña y carbón, generalmente en primitivos fogones hechos de mampostería.  Un gran avance fue la llamada cocina económica como la que había  en mi casa. Se trataba de un artefacto espléndido de aproximadamente 1.50m. de largo por 0,80 de profundidad, todo de hierro renegrido, con su marca de fábrica -si mal no recuerdo Dompé- estampada en bronce, material del cual también estaban hechas la barra para colgar instrumentos tales como el atizador y las  perillas para abrir el horno, el compartimento por donde se introducían la leña o el carbón y la bandeja donde caía la ceniza que periódicamente debía vaciarse. Gracias a un sistema de cañerías el calor producido se aprovechaba para calentar el agua del baño. A un costado se agregaba la llamada  prusiana, un alto anexo de forma abovedada, de contorno semejante al de los campesinos hornos de barro.  Allí, sobre lecho de brasas, se cocinaba a fuego  lento una tira de asado, la mazamorra infaltable cada día, y  se mantenía caliente la comida ya preparada hasta el momento de servirla. 
Y la leña y el carbón ¿dónde se conseguían? En las leñerías-carbonerías. Semanalmente se hacía telefónicamente el pedido y llegaban los repartidores -hombres singularmente recios- cargando grandes canastones llenos de troncos más bolsas de carbón y de astillas, menudencia  imprescindible para facilitar el encendido del fuego a las 6 de la mañana como señal del comienzo de la actividad diaria.
                                                                                                                                                                                                                                                                                          Teresa Piossek Prebisch


martes, 21 de febrero de 2017

Recuerdos de los Años '30. Las heladeras


        Cuando yo era niña no existían las heladeras eléctricas; en su reemplazo, en mi casa había un pequeño mueble de unos 0,80m. de altura,  por 0.50 de ancho y profundidad. Era de madera, con su interior revestido de latón y dividido en dos compartimentos. En el superior se colocaban los alimentos que se deseaba enfriar y, en el inferior, un bloque de hielo  que iba derritiéndose gradualmente por lo que había un orificio de desagote. ¿Y dónde se obtenía el hielo? Se lo compraba al sodero-hielero que hacía reparto domiciliario en un carromato enorme, tirado por  dos percherones. El cargamento que llevaba justificaba el uso de semejantes caballos pues, además de sifones de soda, estaban las barras de hielo de 1,20m de largo y 0,30m2 de espesor, de las que el hielero cortaba el bloque del tamaño adecuado al cubículo inferior de la heladera. Sólo cuando se celebraban grandes fiestas se compraba la barra entera para enfriar las bebidas y  se la colocaba en el único lugar donde cabía: la bañadera que, por lo tanto, quedaba inhabilitada para su uso específico.
Hacia la década del ’40 mis padres compraron su primera heladera eléctrica. Era marca Frigidaire, un mueble blanco, grande, asentado sobre cuatro patas ligeramente torneadas gracias a las cuales quedaba debajo un espacio libre hacia el que se filtraba el frío por lo que resultaba el sitio preferido de los perros para dormir las siestas de verano. La heladera eléctrica fue una verdadera revolución en la medida que contribuyó a mejorar la vida diaria: Ya no era preciso comprar las provisiones día a día pues podían conservarse frescas la carne, la leche, la manteca. Además, hizo posible la aparición de los cubitos de hielo, lujo novedoso que otorgaba un encanto especial a las bebidas veraniegas. Mi madre  fue más allá e hizo helados de vainilla, los primeros  caseros que comí en mi vida.

                                                                                 Teresa Piossek Prebisch

sábado, 4 de febrero de 2017

Recuerdos de la Años '30. Los coches a caballo.



En tiempos de mi infancia eran pocos quienes poseían  automóvil propio y el servicio de taxis sencillamente no existía. Lo reemplazaban los coches a caballo que, en busca de clientela, recorrían los lugares más transitados de la ciudad, entre ellos, las estaciones de ferrocarril. Junto a sus aceras se alineaban los coches esperando la llegada del tren y, durante la espera, los cocheros conversaban, caminaban para estirar las piernas, fumaban cigarrillos de chala y, a veces, aprovechaban para dormir una siestita sentados al pescante, cosa en que a menudo los acompañaba el caballo dejando caer la cabeza en señal de sueño profundo. Todo este sosiego  se terminaba abruptamente cuando el tren ingresaba majestuoso a  la estación. Inmediatamente se producía  una  ruidosa agitación: los pasajeros descendían de los vagones entre gritos de despedida de algún compañero de viaje o de salutación a quien venía a recibirlos, mientras los changadores se ofrecían   para cargar el equipaje. Una vez organizado el tumulto todos juntos, viajeros y changadores,  se dirigían a la calle,  hacia la fila de coches  que aguardaban  la clientela. Si los viajeros integraban, por ejemplo, un grupo familiar, tomaban dos coches; a uno lo ocupaba sus miembros y, al otro, su abundante equipaje compuesto por pesados baúles, valijas, sombrereras y algún paquete de último momento. Ambos cocheros se ponían en marcha rumbo a la misma dirección, los respectivos caballos haciendo sonar rítmicamente su trote sobre la calzada,  mientras los viajeros experimentaban la satisfacción de, finalmente, llegar de una vez por todas a su lugar de destino.

                                                                Teresa Piossek Prebisch

viernes, 3 de febrero de 2017

El fin de ATAHUALLPA

Un día llegó al real de Cajamarca la noticia de que Huáscar, el derrotado hermano de Atahuallpa, había sido asesinado  por orden de éste, cosa que disgustó mucho a Pizarro   y le dio la pauta de que el Inca, desde su prisión, seguía gobernando y siendo obedecido.

Días después de este suceso visitó a Pizarro un cacique de Cajamarca y le dijo lo siguiente: Te hago saber que… Atahuallpa… envió a Quito -su ciudad natal- y [a] otras provincias, a hacer ayuntamiento de gente de guerra para venir sobre ti…  y mataros a todos, y que toda esta gente viene con un gran capitán… y que está muy cerca de aquí, y vendrá de noche y dará en este real quemándolo por todas partes, y al primero que tratarán de matar será a ti, y sacarán de su prisión a su señor Atahuallpa…

A pesar de que éste negó la traición, y de que no pudo comprobarse ninguna concentración de gente de guerra cerca de Cajamarca, el hecho era creíble dado el poder que conservaba sobre sus súbditos. Entonces comenzó a hablarse de la posibilidad de ejecutarlo y aunque Pizarro no estaba convencido de hacerlo, sí lo estaba  su socio Diego de Almagro que en ningún momento simpatizó ni confió en Atahuallpa. Éste,  sabiendo que moriría, encomendó el cuidado de sus hijos a Pizarro y  recibió el bautismo como cristiano de manos de fray  Vicente Valverde que lo había catequizado durante su prisión. Lo ahorcaron y, curiosamente, murió en sábado, a la hora que fue preso y desbaratado.

Al otro día por la mañana… Pizarro con los otros españoles lo llevaron a enterrar a la iglesia que habían construido en la plaza de Cajamarca. Se celebró misa de cuerpo presente y, cuando antes de sepultarlo cantaban los oficios de difuntos…, llegaron ciertas señoras, hermanas y mujeres suyas, y otros privados, [y] con gran estruendo…  impidieron el oficio… porque era costumbre, cuando el gran señor moría, que todos aquellos que bien le querían se enterrasen vivos con él… Como Pizarro lo prohibió,  se fueron a sus aposentos y se ahorcaron todos, ellos y ellas.

Tiempo después, cuando los españoles ya habían dejado Cajamarca, súbditos suyos desenterraron el cadáver y lo llevaron a Quito.

De emperador omnipotente a prisionero

Con el pasar de las horas Atahuallpa se serenó aunque las cosas hubiesen sucedido tan al revés de lo que él tenía pensado.   Resignado a su suerte, acostumbraba conversar con sus captores a quienes dijo que había sido engañado por sus capitanes, que le dijeron que no hiciese caso de los españoles…  Les explicó que, desde que desembarcaron, tuvo noticia de cuántos españoles y caballos eran, y que los subestimó  siendo tan pocos para la muchedumbre de sus gentes porque en dos ejércitos tenía más de cien mil hombres.

Contó que tan seguro se sentía de derrotarlos, que tenía planeado tomar los caballos y yeguas -que de las posesiones españolas era la que más concitó su atención- para hacer casta, es decir, cría. En cuanto a los españoles, a unos [pensaba] sacrificar al Sol y a otros castrarlos para el servicio de su casa y guarda de sus mujeres, como él lo acostumbraba.  

A los españoles les causaba admiración su señorío pues,  así preso como estaba tenía estado de señor. También,  el hecho de que no obstante su circunstancia, la veneración que los súbditos le tenían no hubiera disminuido.  Por el contrario, cada día venían de cada provincia a visitarlo… y cada uno traía presente de lo que había en su tierra, así… oro como plata y otras cosas. Era grande el acatamiento con que entraban a hablarle y él, ante ellos, se comportaba muy como príncipe, no mostrando menos gravedad estando preso y desbaratado que cuando era emperador. No obstante, temía que le habían de matar y entonces, para comprar su vida y libertad,  prometió llenar la habitación que ocupaba de objetos de oro y plata que haría traer de todo el imperio.   

miércoles, 30 de marzo de 2016

Una victoria trascendental

Al escuchar el grito de guerra de Atahuallpa, Valverde corrió a donde estaba Pizarro y le dijo: “¿Qué hace vuestra merced que Atahuallpa está hecho un Lucifer?” Pizarro que había seguido la marcha de los sucesos,   ordeno tocar trompetas  y salió a la plaza con toda la gente de [a] pie que con él estaba… diciendo: ¡Santiago y a ellos! Al escuchar esta consigna, irrumpieron en tropel, como en un estallido, todos los españoles que habían permanecido ocultos mientras Pedro de Candia disparaba dos tiros de artillería.

Fue todo en un instante, recordaba un testigo. Todo sucedió de manera tan contundente, tan vertiginosa que la confusión se  apoderó de los hombres de Atahuallpa hasta trasformarse en pánico cuando, arremetiendo los de [a] caballo, se abalanzaron contra ellos blandiendo picas y espadas. Entonces se produjo una estampida en la que los 7.000 que eran pujaban  todos por  llegar a la única puerta de  salida de la plaza. Eran tantos -recordaba el testigo- que, por huir,  derribaron una pared contra la que se apeñuscaron en la desesperación. Muchos murieron al ser pisoteados por sus propios compañeros en fuga o por los caballos tan enardecidos como sus jinetes.

El atónito Atahuallpa se mantenía en su litera  hacia la cual se abrió camino Pizarro quien, temeroso de que resultara muerto, con ayuda de  cuatro compañeros lo tomó de un brazo para hacerlo bajar. Tenía razón en intentar salvarlo  porque, en pocos minutos,   todos los que traían las andas perecieron y  el Inca cayó al suelo; su aspecto era lastimoso pues estaba despojado de sus vestiduras que los españoles se las habían roto al querer sacarlo de la litera. Pizarro lo llevó a la casa que ocupaba, ordenó sacar ropa de la mucha tejida por las Vírgenes Escogidas guardada en los depósitos de Cajamarca,  y le hizo vestir y sentar cerca de sí, aplacándole del enojo y turbación que tenía de verse… caído de su estado imperial.

Al llegar la noche Pizarro lo hizo sentar a su mesa… haciéndole buen tratamiento y sirviéndole como a su misma persona… Luego mandó que le tendieran una buena cama en la cámara [en la] que él mismo… dormía… y dispuso darle  de sus mujeres que fueron presas, las que él quiso para su servicio… No lo hizo encadenar pues, para custodiarlo, bastaban los guardas que velaban junto a la puerta.

No obstante estas consideraciones, Pizarro se mantenía alerta  y habló así a su gente: Si bien Dios nos ha dado victoria no nos descuidemos, que aunque [los hombres de Atahuallpa] van desbaratados son mañosos y diestros en la guerra, y este señor es temido y obedecido…

martes, 22 de marzo de 2016

PIZARRO Y ATAHUALLPA: inminencia de un encuentro.

El cronista Francisco de Jerez relata que aquella noche del día 15, Pizarro, sabiendo ya que por cada cristiano había quinientos indios… arengó a su gente diciéndoles a todos que hiciesen de sus corazones fortalezas, pues no tenían otras, ni otro socorro, sino el de Dios… Finalmente les ordenó tener sus caballos ensillados.

Al llegar la mañana, vieron cómo Atahuallpa dejaba su campamento y se encaminaba pausado y solemnemente hacia Cajamarca; había anunciado que vendría  desarmado, pero  los españoles sabían por espías que, aunque parecían sin armas…, venían con ellas ocultas bajo la ropa.  Ante la gravedad de la situación Pizarro distribuyó a su gente de la siguiente manera: En una de las casas  ubicó a su hermano Hernando Pizarro con catorce o quince de a caballo; en otra… [a] Hernando de Soto con otros quince o dieciséis de caballo;… en otra… [a] Benalcázar con otros tantos.  En otra estaba él con dos o tres de a caballo y… veinte y cinco hombres de [a] pie, mientras que en la fortaleza estaba Pedro de Candia… con ocho o nueve escopeteros y cuatro tiros de artillería… que dispararía cuando se lo ordenara.  La instrucción era que ninguno saliese… a la plaza de modo que pareciera que no había nadie en ella. Que sólo salieran cuando él diera la voz de ¡Santiago y a ellos!

La imagen del ejército de Atahuallpa era imponente, espectacular,  amedrentante. Cada uno de los 30.000 hombres tenía sobre la frente un disco de cobre o de oro o de plata que daban tan gran resplandor que ponía espanto y temor al verlo. Como a las cinco de la tarde  comenzaron a ingresar en la plaza, cada uno de los escuadrones con libreas de distinto color. Detrás de éstos, en una litera muy rica… venía… Atahuallpa, la cual traían ochenta señores todos vestidos con una librea azul muy rica, y él vestida su persona muy ricamente, con su corona en la cabeza y al cuello un collar de esmeraldas… sentado en la litera… Llegando al medio de la plaza paró… y toda la gente de guerra que entraba en la plaza, [lo rodeó] estando dentro hasta 6 o 7 mil hombres. Como él vio que ninguna persona salía [a recibirlo]…, tuvo creído… que nos habíamos escondido de miedo de ver su poder, y dijo: ¿Dónde están estos? ¿Qué es de éstos de las barbas? Y uno de sus acompañantes le respondió: Estarán escondidos.

De pronto, de una de las casas salió el fraile dominico Vicente de Valverde  que integraba la hueste pizarrista y, mediante intérprete,   le dijo que el Papa había dado sus tierras a los españoles y que éstos,  por mandato del emperador Carlos V, habían venido  para convertir a sus habitantes  a la fe cristiana, manifestación que molestó mucho al Inca quien se sentía señor absoluto. A continuación se produjo el siguiente, singular diálogo:

Atahuallpa: ¿ Quién dice eso?

Valverde: Dios lo dice.

Atahuallpa: ¿Cómo lo dice Dios?

Valverde le respondió que lo decía a través de las Sagradas Escrituras y le alcanzó un breviario. Atahuallpa lo ojeó sin encontrar que  ese objeto tan extraño para su cultura fuera respuesta a su pregunta. Se encolerizó sintiéndose burlado y con mucha ira y el rostro muy encarnizado  lo arrojó violentamente al suelo al tiempo que, poniéndose de pie sobre la litera,  gritaba a sus hombres: ¡Ea, ea, [que] no escape ninguno!

Era una orden de ataque y su hombres le respondieron: “¡Oh Inca!” que quiere decir “hágase así.”

De este modo, en aquel atardecer del sábado 16 de noviembre de 1532, comenzó un encuentro que, si bien duró escasamente media hora, marcó el fin del imperio incaico construido durante más de tres siglos.